domingo, agosto 11, 2013

Casa de La Cueva - Peguerinos?

Hoy no tenía muchas ganas de andar. Hacía calor y estaba perezosa. Ni siquiera tenía clara qué ruta hacer. Pero un nombre ha venido de repente a mi cabeza: "Peguerinos". El pueblo lo tenía asociado a un recuerdo de mi niñez poco grato, de hastío de la búsqueda de níscalos con mis padres. Pero al ser una zona nueva para mí, he decidido darme un paseo por allí, sin más ambición que intentar llegar y tomarme un café. Bien, llegar he llegado, pero de café nada. 

En vez de eso he intentado buscar una zona de aparcamiento. Según había leído en el pueblo había varias áreas recreativas donde poder dejar el coche, sin embargo las carreteras a las mismas no eran demasiado atractivas; después de mi experiencia en la Braña de los Tejos este verano, prefiero no aventurarme demasiado por pistas de dudoso estado. Con esas he ido hasta un albergue: la Casa de la Cueva, a la cual se llega por una carretera asfaltada. Toda la zona está llena de pinares, pero hay pocos espacios donde poder dejar el coche. 

Justo delante de la Casa de la Cueva hay una pequeña zona para apostar los coches. Detrás había un prado lleno de vacas y terneros. Creo que a las vacas no les ha gustado mucho mi presencia. De ahí he tomado el único camino que he visto y que entiendo que llega a Peguerinos dada la dirección del mismo. No lo sé porque no he llegado. Esta vez, dado que era tarde y que quería llegar a comer a Madrid, he decidido andar solamente una hora: media hora de bajada, media hora de subida; no creo que haya cubierto ni 5km en total. La pista estaba bastante bien, aunque se nota poco transitada. Transcurre paralela a un arroyo que estaba seco y sombra poca, a pesar de que está flanqueada por pinos en todo momento.

En una curva he divisado el embalse de la Aceña. Pero una cosa es divisar y otra que quedara cerca, por eso no me he decidido a seguir bajando más. Justo en la curva, un pequeño arroyo con escasa agua. He remontado un poco el curso para buscar algo de sombra e intimidad. Allí me he avituallado con unas galletas y mi bidón de agua. Yo suelo dejar algo de comida a modo de ofrenda a los espíritus del bosque. Mientras comía, me he descubierto observada por un pequeño petirrojo. ¿Será él un emisario de los espíritus? Me gustaría creer que sí. No tengo ni idea si los petirrojos comen migas, pero al menos las hormigas tendrán con que llenar las despensas.



Y ya de vuelta, he pensado tomar la carretera que sube directamente al puerto del León, pero tras preguntar a un senderista por la misma, he desistido al saber que su estado no era el más adecuado. De vuelta al camino normal, que por lo menos reducimos riesgos.

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