martes, diciembre 26, 2017

Mendigos


Los vemos en las calles de las ciudades, apostados en las esquinas de los edificios o en las puertas de los comercios. Su presencia nos incomoda. No es tanto la suciedad o los harapos, como el espejo que nos hacen: todos podríamos acabar así. Pero también lo es el conativo de sus ruegos, que apela tanto a nuestra misericordia como a nuestra hipocresía, más en estas fechas en las que existe una premisa social de ser “buenos”.

Los miro y no puedo evitar sentir lástima por su situación. Siempre me hacen recordar las dos veces que he dormido al raso: la primera en Brighton cuando tenía diecisiete años y la gente del curso de inglés decidimos pasar noche en la playa; la segunda en Pamplona, en los San Fermines del 95, intentando dormir por la noche en un parque junto a la estación porque no teníamos alojamiento. En ambos casos pasé tantísimo frío (siendo verano) que puedo hacerme cargo mínimamente de lo duro que debe ser pernoctar en la calle.

Además de las duras condiciones de vida, están las condiciones humanas.
Hace unos días leía en El País un artículo sobre la heroína. El párrafo que más me conmovió fue el siguiente:
“Cuenta a todo el que se cruza que esa misma mañana ha recibido una llamada del Ayuntamiento informándola de que su novio, el Migue, murió el pasado 6 de diciembre. “Y me llaman cuando lleva ya cinco días muerto. Mirando en sus cosas encontraron el papel en el que le puse: 'Te quiero, Migue', y mi número de móvil”. “¿De qué ha muerto?”, le pregunta alguien. “No me lo han dicho. Era yonki como yo, pero yo creo que ha sido del frío porque dormía en la calle”.”

Imagino a la mayoría de los mendigos como seres individualistas que buscan el aislamiento social por motivos diversos. Pero algunos consiguen crear lazos entre ellos: amistad, amor, sexo…quizás todo uniones de conveniencia para poder sobrevivir en el mundo. Quizás un poco de afecto para recordar su condición humana. Un poco que puede significar mucho: esperanza para continuar viviendo, un poco de belleza en ese mundo frío e inhóspito.


¿Cómo debe ser perder un lazo así? ¿Significa mucho o están tan acostumbrados a perder que ya no les afecta? ¿Lloran o se enquistan sus lágrimas en el corazón? Estoy segura de que hay cientos de historias bonitas y tristes por contar, ocultas en las paredes de los soportales abandonados. Supongo que no le importa a nadie porque son los olvidados de la sociedad. Pero yo leo ese párrafo y me produce una pena tan grande que no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

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